Historia de Baños de la Encina

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La ocupación de estas tierras está documentada desde etapas muy tempranas de la Prehistoria. Las características geológicas de la zona ofrecen una imagen abrupta en la que son frecuentes las grietas, barrancos, abrigos y covachas naturales que fueron aprovechados por los pobladores para dejarnos una muestra de su arte rupestre. 

A un Cobre Pleno puede adscribirse el asentamiento de El Tambor. Se localiza en un pequeño montículo de una media hectárea en el límite entre Sierra Morena y la Depresión. No ocupa los suelos más óptimos para la actividad agrícola aunque tiene tierras buenas en un radio menor a dos kilómetros. Podría tener una funcionalidad estratégica ya que conecta la zona metalúrgica de Sierra Morena y la agrícola de la Depresión. Este hecho hace pensar en el desarrollo de la metalurgia desde estos momentos, probablemente impulsada por una demanda de metal de sociedades organizadas como las existentes en las campiñas occidentales del Alto Guadalquivir.

Una de las fases más conocidas en la zona es la de la Edad del Bronce (II milenio antes de nuestra era), que se corresponde con el desarrollo de la Cultura Argárica. La estructura territorial parece organizarse en torno a tres grandes poblados, de un tamaño superior a una hectárea, ubicados en espolones sobre el valle del río Rumblar, con hábitat en terrazas y con potentes sistemas de fortificación: La Verónica podría estar destinado a funciones de control visual de toda la cuenca; Peñalosa parece estar ligado al control de las rutas interiores del valle; y el Cerro de la Obra, el de mayor extensión, que ocupa la salida física de la cuenca media/alta del Rumblar, tendría las funciones de control de acceso y salida de esta cuenca, canalizando la distribución de productos hacia la cuenca baja. El hallazgo en Obra de los Moros de diecinueve placas de bronce del mismo tamaño, forma y grosor, hace pensar en una producción destinada a la distribución y al intercambio. Aparece además un segundo grupo de asentamientos, de un tamaño inferior a una hectárea, fortificados y con carácter estratégico por el control que tienen sobre el territorio, que estarían dirigidos al control de vías interiores, minas y afloramientos metalúrgicos.

Estos sitios se abandonan a finales del II milenio antes de nuestra era y no volvemos a encontrar ocupada la zona hasta el siglo III a.n.e. Nos encontramos con una nueva ordenación del territorio en la que Cástulo va a desempeñar un importante papel, ya que estas tierras se verán inmersas en la política económica que desde este centro se va a ejercer sobre la cuenca metalúrgica. En el paso del siglo III al II a.n.e. parece iniciarse una revitalización de la minería de la plata. El cambio que se produce en la segunda mitad del siglo I después de nuestra era en los sistemas de concesiones metalúrgicas, donde la mayor parte serán controladas directamente por el emperador, conlleva la aparición de recintos fortificados que van a marcar una compleja estructura del control del territorio. Algunos de estos sitios ya habían sido ocupados en etapas anteriores, como el Cortijo de Salcedo, Cuesta de los Santos o el Castillo de Baños, que forman una barrera de visibilidad, defensa y control del territorio. Otros tendrían un control directo de las explotaciones mineras colocando las torres junto a los filones, y otros controlarían las rutas interiores como los dos recintos que se localizan en la desembocadura del río Pinto.

A finales de la época flavia todo este modelo parece sucumbir, ya que no se ha encontrado cerámica en ningún recinto que supere el año 80, y asistimos a una colonización de los valles con pequeños asentamientos vinculados sobre todo a una economía agraria.

Como ejemplo encontramos el asentamiento de la Ermita de la Virgen de la Encina, donde se han documentado cinco fases constructivas diferenciadas, tres de ellas de época romana y dos postmedievales fechadas entre el siglo XV y el XIX. La ocupación romana nos muestra el desarrollo de una villa, cuyo origen sería un pequeño asentamiento agrario del siglo I que se transformaría a lo largo del siglo II en un conjunto de mayor envergadura, en el que las zonas rústicas y urbanas aparecen claramente diferenciadas, con elementos residenciales como un conjunto termal o una necrópolis de inhumación. A lo largo del tiempo sufrirá remodelaciones, produciéndose una expansión del asentamiento, que continuará hasta el siglo V. A partir de este siglo se produce el abandono del lugar, que no volverá a ser ocupado hasta el siglo XV.

 

La historia medieval de Baños está marcada por la presencia de su imponente fortaleza califal, construida en un espolón rocoso que domina el río Rumblar. Gracias a una inscripción, conservada hoy en el Museo Arqueológico Nacional, y de la que hay copia y traducción en las jambas de la puerta del castillo, sabemos que ordenó construirlo el califa al-Hakam y que se concluyó en el año 968. Junto con otros castillos también construidos por estos años, como los de Tarifa (Cádiz), el Vacar (Córdoba) o Zorita (Guadalajara), estaría destinado al acantonamiento de las tropas bereberes alistadas para las campañas anuales contra los cristianos, cuyo lugar de concentración final, ya en la frontera, sería la fortaleza de Gormaz (Soria).

En el siglo XI, tras el hundimiento y la separación del Califato de Córdoba en múltiples reinos –taifas–, el castillo atraviesa períodos difíciles. Se convierte en objeto de continuas y feroces luchas entre musulmanes y cristianos, que ven allí una pieza clave para acceder a Andalucía. Alfonso VII de León se lo arrebata a los musulmanes en 1147, pero después de su muerte, en 1157, la fortaleza recae en manos de los moros. Alfonso VIII de Castilla y Alfonso IX de León llegan a recuperar el castillo en 1189, sin ser éste un éxito definitivo, pues tres días después de la Batalla de Las Navas de Tolosa (1212) la fortaleza vuelve a pasar a ser dominio musulmán.

Hay que esperar al impulso decisivo que dio a la conquista del sur peninsular Fernando III de Castilla, para que el castillo entre definitivamente en 1225 a formar parte del dominio castellano. El rey lo regala al Arzobispo de Toledo, Rodrigo Jiménez de Rada, y su defensa y guardia es confiada a la Orden de Santiago, muy implicada en las operaciones militares del sur de la península Ibérica. Poco tiempo después, Fernando III integra el pueblo de Baños de la Encina en la jurisdicción de la ciudad de Baeza, de la que dependerá hasta 1626, fecha en la que Baños de la Encina obtiene la condición de villa.

En 1458, en pleno período de disputas nobiliarias en Castilla, Enrique IV le cede la fortaleza a su condestable, Lucas de Iranzo. La decisión provoca el rechazo y malestar de la población, que se niega a cambiar de jurisdicción. En 1466 el regidor de Baeza toma el castillo y lo devuelve a los partidarios del rey. Es en aquella época, con la construcción de la Torre del Homenaje, cuando se modifica la fisonomía de la fortaleza. Previamente, en el siglo XIV, habría sido reorganizado el espacio interior con la edificación de un pequeño fortín sobre la plaza de armas, protegido por una muralla interior.

Según el Catastro de Ensenada (1752) Baños de la Encina ofrece durante la Edad Moderna una estructura social muy jerárquica, en cuya cúspide encontramos una élite poco numerosa. Tres pequeñas dinastías que se reconocen por sus apellidos llevaban la voz cantante: los Zambrano y Rivera, los Caridad Villalobos y los Molina de la Cerda, siendo la viuda doña Francisca Luisa de Molina de la Cerda y Soriano la persona más rica del pueblo. Los mayores propietarios de Baños, quienes tenían en sus manos la fuente principal de la economía de la localidad, eran miembros de estas familias y de algunas otras de segundo rango. En el sustrato, por contra, existía una clase numerosa de jornaleros agrícolas, casi la mitad de todas las familias, que trabajaban a sueldo para los propietarios, pero que también circulaban por la región en busca de empleo en las estaciones de labranza y cosecha.

Esta fuerte polarización social se agudizó en los años finales del siglo XVIII con la materialización de la conocida desamortización realizada en tiempos de Carlos IV. En efecto, la misma benefició en la villa básicamente a la clase ya mencionada de notables, a los hidalgos y a aquellas personas a quienes se les daba el título de “don”, es decir, a las personas que “dominaban” el municipio. Esta situación no hace sino reforzarse décadas más tarde. En 1850 el cereal y, sobre todo, los pastos y el plantío de olivos constituyen los rasgos productivos más sobresalientes de la villa.

En 1879 la realidad poco había cambiado: frente a las 1.091 hectáreas destinadas a cereal destacarán no sólo las 2.535 de olivar o las 3.698 de pastos, sino las 31.498 hectáreas de monte. Quizás una de las grandes problemáticas que van a vertebrar la vida municipal desde prácticamente el siglo XVII sea la relacionada con el suelo comunal, con sus usos y con los sucesivos envites privatizadores, propios de las denominadas reformas agrarias liberales. No en vano, ya desde el mismo siglo XVII, la villa vive inmersa en un conflicto entre ganadería y agricultura que irá saldándose del lado de ésta última, hecho al que contribuye indudablemente la agudización de la crisis de la propia Mesta.

La presencia de continuos procesos roturadores evidencia la crisis de hegemonía del uso ganadero-forestal del territorio. Esta crisis, si bien es ostensible en los siglos XVII y XVIII, lo será todavía más a partir del siglo XIX con la promulgación de la Ley de Desamortización Civil de Madoz de 1855. Dicha ley supuso para la villa de Baños el principio del fin para sus montes públicos. A partir de esta fecha se va a desencadenar un movimiento privatizador sin precedentes, que desembocará en la pérdida casi total del extenso patrimonio forestal público de Baños al ser declarados todos sus montes enajenables.

 
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